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El mundo a través del visor

 

Todos nos hemos topado en algún viaje con uno de estos grupos de turistas que aparecen de repente armados de todo tipo de cámaras fotográficas o de vídeo, lo inmortalizan todo de la forma más irreverente en poco menos de dos minutos y desaparecen dejando un eco de griterío y motorcillos electrónicos. Por eso, a los aficionados a la fotografía se nos acusa con frecuencia de ver el mundo a través del visor de nuestra cámara. Parece como si hacer fotografías nos impidiera disfrutar de los viajes en toda su plenitud, al igual que hacen el resto de mortales. La diferencia radica entre "hacer" y "tomar" fotografías. Es decir, "crear" nuevas imágenes con los motivos que nos ofrece el mundo, en contraposición a "tomar" imágenes ya existentes, en las que el autor no aporta nada nuevo. Un buen fotógrafo suele ser una persona extremadamente atenta al mundo que le rodea, de tal modo que no tan solo no se priva de nada en comparación a otro viajero, sino que incluso puede ser que "vea" bastante más.

A veces a la gente le sorprende la capacidad de un fotógrafo para descubrir una atractiva composición de formas, texturas o colores en un entorno aparentemente anodino o en un paraje mil veces fotografiado. Personalmente, el hecho de colgarme la cámara al cuello y poner en marcha mis "sentidos fotográficos", me ayuda a apreciar en toda su belleza un dorado rayo de sol brillando en unas hierbas húmedas, la complejidad de texturas y matices en una pared de adobe del norte de África, la variedad de colores de la arena en los desiertos que he visitado (¡ninguno tan intenso como el del Red Center australiano!), la penumbra sutilmente azulada del interior de un bosque pirenaico, la fosforescencia rojiza que ilumina las montañas después de ponerse el sol... Son matices que una mirada superficial no puede captar en toda su importancia. El hecho de escudriñar un paraje en busca de una fotografía interesante fuerza a la mente a fijarse en este tipo de sutilezas y, poco a poco, se aprende a ver más y mejor.

En oposición a la idea de persona apresurada y que no "penetra" en el viaje, hacer fotografías es una excusa perfecta para viajar con más calma. Una vez visto un lugar, tendremos motivos para permanecer en él, esperando a que el movimiento del sol dé color y relieve a unas ruinas que quiere fotografiar. Si encontramos un animal interesante, quizás nos quedemos unas horas intentando captar detalles de su comportamiento que el viajero normal no tendrá la oportunidad de observar. Si vemos a un personaje sugestivo, nos forzaremos a entablar conversación con la intención de, después, pedirle permiso para hacerle un retrato...

Es cierto que tomar fotografías puede llegar a convertirse en una obsesión descontrolada por llevarse a casa un poco de todo lo que vemos. Hay que evitar caer en el "ametrallamiento" sistemático de todo lo que se ve. La clave está en preguntarse: ¿valdrá realmente la pena la nueva fotografía que voy a crear? Es importante saber dosificarse y prever cuando el motivo va a proporcionar una buena imagen, o cuando más vale olvidarse de la cámara.

Además de ser un arte, la fotografía tiene un interés crucial para el recuerdo. Las imágenes nos permiten recordar luces, formas, colores, amistades y, sorprendentemente, lo menos gráfico de todo: olores o sensaciones. ¡Cuantas veces, recorriendo mi archivo en busca de una fotografía, me he detenido en ciertas imágenes y han acudido a mi mente aromas o situaciones vividas! Para mí, la cámara es el bloc de notas, un diario personal en imágenes. Al igual que otros viajeros sienten la necesidad de plasmar sus impresiones en forma de signos de tinta sobre un papel, los fotógrafos registramos la luz de nuestras impresiones en el haluro de plata de la película. Y allí queda escrito para toda nuestra vida, fielmente registrado. Al igual que los escritores, los fotógrafos también tenemos nuestras manías. Ernest Hemingway o Bruce Chatwin solo escribían en libretas de la marca Moleskín. Los fotógrafos acabamos cogiéndole cariño a nuestra fiel Canon o Nikon, que nos ha acompañado en tantas y tantas peripecias.

A veces, cuando acabada la jornada rememoro los acontecimientos del día ante una reconfortante cena, observo como otros viajeros escriben ensimismados en sus libretas. ¡La obsesión por "llevarse" algo a casa es universal! Cada cual expresa sus emociones del modo que más le apetece: escribiendo, dibujando, componiendo música, comprando recuerdos, haciendo fotografías...

La fotografía no es el fin último. Viajamos porqué nos gusta viajar. Deseamos conocer parajes nuevos, aprender de otras culturas, vivir nuevas experiencias, enamorarnos cada vez más de este maravilloso planeta. Si la fotografía nos sirve de excusa para disfrutar más intensamente de todas estas experiencias, bienvenida sea.

© 1997, Oriol Alamany, Prohibida la reproducción

(Este artículo fué publicado en la revista ALTAÏR num. 30, de Enero de 1997)